Este libro recoge el trabajo de toda una vida. Incluso más allá, pues incluye algunas imágenes hechas por el padre y el tío de la fotógrafa a principios del siglo XX. El anclaje de la obra es la casa de la familia Sosa, la Casa Grande, donde crecieron la abuela, la madre y la misma fotógrafa. El vínculo con el mundo —ese mundito que fue Sangolquí hasta hace solo pocas décadas— es la tienda que la familia tenía en un flanco de la casa.
A partir de ese núcleo, a través de las memorias presentadas en forma de viñetas por la autora, de los testimonios de los vecinos del pueblo y de las fotografías en blanco y negro realizadas desde los años ochenta hasta la actualidad, emerge un entrañable y acabado relato de la transformación de la que podríamos llamar capital del valle de Los Chillos.
La depurada técnica que caracteriza toda la obra de la fotógrafa aquí se junta con el íntimo conocimiento del sujeto retratado: las calles del pueblo que se han recorrido desde la infancia; los trasiegos cotidianos y las ocasiones solemnes de familiares y vecinos, y de los hijos de esos vecinos, y de sus nietos, y otra vez de los vecinos cuando llegan a ancianos; los traspatios poblados de gallinas y cuyes, refugios de una ruralidad evanescente; la informal jovialidad con que se trabaja en medio de las carcasas de los camales sangrantes; el cariño de parejas maduras o de dilatados linajes; la juventud desparpajada.
El resultado es una joya tanto por su valor artístico como documental, y con seguridad el ensayo fotográfico más completo y profundo de cualquiera de nuestras ciudades medianas. (AV)