Carta del editor
Según nos cuenta Stella de la Torre en el primer artículo de nuestra edición dedicada a los perros, esta especie nació de la interacción de sus parientes silvestres con el ser humano. El perro es un animal doméstico, producto de la selección artificial de ciertas características, como la docilidad o la fidelidad. En el camino se perdieron otras que le servían en su vida silvestre (los patrones de cacería y reparto de alimento, por ejemplo). Por eso es que los perros abandonados que forman grupos enfrentan muchos problemas; no están adaptados para vivir sin humanos. El resultado son vidas precarias. A estos sufrimientos se suman los problemas que pueden causar a los demás. No está claro su efecto sobre la fauna silvestre, pero en algunos casos podría ser importante. También pueden transmitir enfermedades o causar aprehensión en otros usuarios de espacios urbanos. En fin, es un tema al que se necesita prestar bastante más atención.
Poner atención es lo que llevó a Nicolás Cuvi a reparar en unos actores olvidados de las correrías de expedicionarios pioneros que visitaron el país. En las crónicas no se los suele nombrar, pero ahí están distraídos o espiándonos desde los óleos o ilustraciones que los registraron. En su texto, Nicolás elucubra qué hacían allí y cuál era su relación con los viajeros, a partir de su propia interacción con varios sabuesos, caniches y criollos que lo rodean en su sala de estar.
En nuestra sección fotográfica pasamos revista a la obra de Luis Mejía, uno de los grandes fotoperiodistas del siglo XX. Su trabajo —cuya reciente y esmerada restauración y digitalización por parte de su hijo Iván Mejía, Coco Laso y Martín Jaramillo somos los primeros en publicar— es no solo un registro vasto de nuestra historia, sino que en su momento revolucionó el tratamiento de la imagen en los medios del país. Como nos cuenta Martín Jaramillo, Mejía paseaba un día por la Plaza Grande con su cámara amateur, y se topó con tanques de guerra. Las suyas fueron las únicas fotos del golpe de estado de 1963 y se publicaron en la primera plana de los periódicos del día siguiente. Su buen olfato —perruno, digamos— lo inició así por la puerta grande en el periodismo y lo caracterizaría durante toda su carrera.