Con
la amargura de quien reconoce la pérdida
de un amigo, Nicolás Kingman, uno de
los periodistas ecuatorianos que más
ha utilizado el recurso de lo jocoso, nos advierte
que el humor ha sido acallado en nuestro Quito
de cada día. “¿Qué
pasó? ¿Por qué fue menospreciado?”,
se pregunta don Nicolás cuando compara
sus recuerdos con lo que hoy escucha y mira.
Y nosotros, al oír su señal de
alarma, no podemos más que anclar el
entrecejo y ensayar varios tipos de explicación.
El buen humor, esa actitud de sonreír
o de hacer sonreír al resto, es una manera
específica de enfrentarse al mundo y
a la vida: es una de las formas más eficaces
que hemos encontrado los hombres para roer la
adversidad. Sirve, al mismo tiempo, como un
mecanismo que nos permite expresar lo inefable
y mostrar así nuestro punto de vista
interior. El humor se convierte entonces en
una licencia para interpretar los actos personales,
políticos y comunitarios; para mostrar
el absurdo de muchas de nuestras prácticas
e instituciones. Por eso está tan arraigado
en la humanidad. Por eso no se lo puede eliminar,
aunque en ciertos momentos históricos
aparezca evidentemente mermado.
Pero, ¿qué mueve a Kingman a señalar
la pérdida del sentido humorístico
en nuestra ciudad? Podríamos suponer
que se trata de aquella ilusión antropológica
descrita por Jorge Manrique durante la Edad
Media en la siguiente estrofa:
Pero, ¿será únicamente
esa tendencia humana a exagerar las bondades
del pasado, la que motiva al humorista y conversador
satírico que ha sido Nicolás Kingman
para diagnosticar herido a nuestro ingenio humorístico?
Tenemos que admitir que hay esa posibilidad,
sin embargo no es menos probable que sus ocho
décadas le brinden cierta visión
panorámica de los acontecimientos y que,
por lo tanto, sin respaldo de investigaciones
científicas, tenga razón cuando
afirma que “ya no existe el chistoso,
no hay gente con tal sagacidad. No existe porque
no hay el conciliábulo. Desaparecieron
los cafetines y las cantinas que los albergaban.
Esos locales fueron la cuna de la sal quiteña.
La sal quiteña ha muerto; que no le quepa
duda a nadie.”
Si confiamos en su relato, tenemos que imaginar
primeramente el itinerario del humor que nacía
en la bohemia y en el entonces famoso “mentidero”
de la Plaza Grande (en donde se reunían
el terrateniente, el burócrata y el chulla
quiteño): el humor pululaba en esas conversaciones
e iba tomando forma de apodos, piropos y mitos
que, cual Fama virgiliana, salían luego
de la plaza para invadir calles, portones, salas,
comedores, tiendas, farmacias, ministerios,
terrazas y habitaciones de un Quito que ya ha
sido petrificado bajo las raíces de nuestra
presencia, pero que mantiene su movimiento y
bullicio en el eco de las casas viejas, en algunos
textos archivados y en la memoria de don Nicolás.
Don Nico no habla de una sociedad únicamente
risueña, cándida y bonachona.
Por el contrario, se refiere a un conglomerado
en el que, como en el nuestro, también
la violencia y la picardía atacaban al
arco de las buenas intenciones. La diferencia,
según él, radica en que en la
mayoría de las situaciones, tanto lo
aceptado como lo antisocial tenían algún
ingrediente de comicidad.
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