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Frente
a su mesa de trabajo, el Barón de Humboldt
pensaba, con los ojos cerrados, mientras la
humedad del puerto se filtraba por la ventana.
Era el mes de febrero de 1803 y Guayaquil languidecía
en el sopor de la tarde, sin incomodar al Barón,
que saboreaba en silencio los recuerdos de su
odisea andina.
No podía ser de otra manera. Había
recorrido recientemente el paso del Quindío,
los páramos de Tolima, Pasto y Guamaní;
y había escalado el Pichincha, el Antisana,
el Cotopaxi, el Chimborazo, y otros montes que,
por el momento, se le escapaban de su mente
saturada de frío y de montaña.
Sin embargo, en los libros de campo que yacían
amontonados en un cajón abierto, estaban
los datos de su hazaña: observaciones
botánicas, astronómicas, físicas,
etnográficas, que un día le consagrarían
como el más grande naturalista de todos
los tiempos.
El Barón tomó uno de los libros
y lo hojeó atentamente, como si estuviera
caminando de nuevo por el dorso cordillerano.
Y pensaba en las plantas. La maravillosa sucesión
de las plantas en el ecosistema andino, que
el sabio quería plasmar en un cuadro
que “satisfaga el entendimiento y excite
la imaginación”. En efecto, al
ascender la cordillera había visto las
palmeras tropicales perderse paulatinamente
entre bosques más altos que, a su vez,
daban lugar a comunidades herbáceas,
que se extinguían en la altura cediendo
el terreno las gramíneas y criptógamas,
y finalmente las nieves eternas...
Le fascinaba sobre todo la diversidad de la
flora altoandina. Justamente en su Geografía
de las Plantas, publicada en 1805 con el cuadro
que esbozaba en ese momento, reconocería
con asombro que en los Andes de Quito, en una
faja de 2.000 m de ancho había más
variedad forística que en zona igual
en los declives de los Pirineos.
El Barón se sentó a la mesa y
dibujó en un papel el perfil del Chimborazo,
con el flanco occidental descendiendo bruscamente
a la llanura costera, y el flanco oriental hendido
con una profunda depresión para señalar
los valles interandinos formados en el curso
de la historia geológica. El Chimborazo
se había convertido en su montaña
predilecta por dos importantes razones: era
la más alta del mundo en aquel tiempo
(6.544 m, según sus propias mediciones),
y la había escalado (aunque no hasta
la cúspide), récord personal del
que estaría muy orgulloso, especialmente
cuando toda Europa le tributara su admiración
por esta proeza.
Detrás del Chimborazo esbozó el
perfil del Cotopaxi, por ser uno de los volcanes
más activos de la época. Justamente,
en 1803 había sorprendido a los pueblos
aledaños con su periódica descarga
de piroclásticos.
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