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Peces
de distintas formas y colores, remanentes de
coral, erizos y estrellas de mar formaban parte
de un paisaje difícil de olvidar, donde
el agua y el silencio nos rodeaban. Permanecimos
allí cerca de 30 minutos hasta que las
reservas de aire y el frío nos obligaron
a salir a la superficie. El día antenor
recorrimos por más de cuatro horas un
estrecho sendero que en su parte baja, atraviesa
el bosque seco con especies adaptadas a suelos
salinos y a la escasez de agua; y en la parte
alta, el bosque húmedo de garúa,
donde todavía es posible escuchar monos
aulladores y el canto de numerosas especies
de aves. En poco tiempo, habíamos descubierto
una inmensa variedad de formas de vida y ecosistemas,
aunque nuestro viaje por el Parque Nacional
Machalilla apenas había comenzado.
Este Parque, ubicado en la provincia de Manabí,
cubre una extensión de 55.059 has (incluyendo
la Isla de La Plata, el Islote de Salango y
varios islotes menores) y dos millas náuticas
desde la costa. Su geografía se ve moldeada
por la cordillera costera Chongón-Colonche
y el clima de la región está influenciado
por el paso de las corrientes fría de
Humboldt y cálida de El Niño.
Otra importante característica de la
zona es la presencia de restos arqueológicos
de varias culturas precolombinas como: Valdivia
(cbnsiderada la más antigua de Sudamérica),
Machalilla, Chorrera, Bahía y Guangala;
todas estas predecesoras de la cultura Manteña,
famosa por su gran habilidad en el arte de la
navegación.
Para conocer más sobre la arqueología
del lugar visitamos la comuna de Agua Blanca,
un típico caserío de la Costa
con pequeñas y rústicas casitas
de paredes de caña guadúa y techos
de cade (hojas de tagua). Allí nos recibió
amablemente Gonzalo Asunción, alias “El
Alacrán”, miembro de la comunidad
y guía naturalista del Parque, quien
logró mantenernos interesados todo el
tiempo con sus anécdotas e historias:
“Agua Blanca fue la antigua capital del
Señorío Manteño de Salangome;
aquí vivieron miles de personas y se
construyeron cientos de edificaciones. Sus miembros
eran excelentes navegantes que se desplazaban
en embarcaciones de balsa, desde las costas
de México hasta las de Perú, con
el objetivo de comercializar con otras culturas
durante sus viajes”.
Gracias a más de una década de
trabajo, varias excavaciones arqueológicas
en el área se han logrado rescatar importantes
ruin arquitectónicas y restos de cerámica.
Algunos de ellos permanecen en un pequeño
museo administrado por la misma comuna, donde
se exhiben vasijas, utensilios de cerámica,
asientos sagrados de piedra utilizados única
mente por el “curaca” o jefe de
la ciudad, joyas de cobre y puntas de lanza
de obsidiana. que confirman el intercambio que
mantenía este pueblo con las culturas
de los Andes. “En aquella época
se utilizaba la concho Spondylus como instrumento
de intercambio y símbolo de riqueza.
En la actualidad, este molusco se sirve en los
mejores restaurantes de la zona, aunque últimamente
ya no se lo encuentra tan fácilmente
porque está siendo sobre explotado “,
nos contó Gonzalo.
Terminado el recorrido a través de la
historia, decidimos darnos un refrescante baño
en una hermosa laguna, cuyas aguas sulfurosas
y lodos tienen la fama de curar más de
un mal. Ese mismo día salimos rumbo a
San Sebastián, el punto más alto
dentro del Par- que, al que solo se llega después
de una caminata de cuatro horas desde la comuna
de Agua Blanca.
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