N° 89 - mayo junio 2014
 
 
 
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por Javier Carrera*

fotos: Misha Vallejo*



Más de mil millones de personas pasan hambre hoy en el mundo. Coincidencia o espejo, otros mil millones sufren enfermedades relacionadas con el exceso de alimentos de mala calidad, como la diabetes y la obesidad. El alimento es una de las mayores preocupaciones de la humanidad en estos tiempos de cambio climático, encarecimiento energético y sobrexplotación de recursos.

Pero como toda crisis trae alternativas, en medio del trastorno del sistema de alimentos, ha ido tomando fuerza una corriente “nueva”: la agroecología. En ella se suman el conocimiento de agricultores, científicos y políticos que la consideran como la solución más sostenible para la alimentación del futuro. Para entenderla, sin embargo, necesitamos antes comprender mejor al pasado.

La agricultura tradicional en pocas palabras

Hasta mediados del siglo veinte, la mayor parte de la producción alimenticia mundial era local. En cada región se producían los alimentos de la canasta básica que sus habitantes requerían. Dado que en cada zona los campesinos habían adaptado las semillas a las condiciones locales, había una gran diversidad de cultivos. Este tipo de agricultura tendía a ser sostenible, porque los suelos o el agua no se gastaban hasta agotarse; por ello, la dependencia de insumos externos era mínima. Los productos, como es evidente, no viajaban muy lejos, por lo que la mayor parte del gasto en alimentos se quedaba en la propia región y fortalecían la la economía local. La producción era estable y, aunque en algunos productos era inferior a la cantidad que hoy se cultiva, en la mayor parte del mundo, la mayor parte del tiempo, sobraba comida para abastecer las necesidades de la población. Para completar, esto se lograba con un gasto energético bajo. Por cada unidad de energía invertida, sea como trabajo humano o tracción animal, se obtenían dos o más unidades de energía en forma de alimentos.


Los problemas de masificar el alimento

En los años sesenta entró en escena la llamada revolución verde, transformando la agricultura hacia el modelo industrial que conocemos hoy. Cuatro pilares técnicos la sustentan: uso de agroquímicos, creación de variedades vegetales adaptadas a esos agroquímicos, mecanización del campo y monocultivo. A estos habría que sumar un quinto pilar, quizá el más importante: la globalización del mercado, que transformó el modelo económico de la agricultura.

En sus inicios, la revolución verde ofreció acabar con el hambre en el mundo en tan solo veinte años. Eran los tiempos dorados del progreso tecnológico. Todos aceptaban las novedades que las empresas incorporaban en el diario vivir; era fácil soñar que para finales de siglo estaríamos viviendo felices en Marte. Con el apoyo de grandes capitales, la revolución verde se regó por el mundo de la mano de técnicos que explicaban a los campesinos las ventajas de abandonar las técnicas tradicionales de cultivo y empezar a comprar insumos externos para potenciar la producción. Dado que al inicio estos insumos eran baratos, y que se veía un aumento en la productividad de algunos productos alimenticios, la mayoría de agricultores se subió al cohete del progreso agroindustrial.


 

 


Cincuenta años después de este idílico prefacio, la situación difiere mucho de lo ofrecido. Las críticas al modelo abundan, desde muchas vertientes. Desde la óptica de la salud humana, preocupa el tenebroso efecto que los agroquímicos han tenido tanto para los productores como para los consumidores. Alergias, problemas digestivos permanentes, trastornos hormonales y cáncer son algunos de los males imputados al uso indiscriminado y creciente de sustancias que en muchos casos no son reguladas de forma adecuada.
Por otra parte, los fertilizantes y biocidas químicos, junto con la mecanización del trabajo agrícola, acaban con la fertilidad del suelo. Más del 40% de los suelos cultivables del mundo han sido destruidos en este medio siglo. Sin suelos, es difícil que pueda haber agricultura. Como sabemos, constituye práctica común que una vez agotado el suelo, el productor empaca y se muda a destruir suelos en otro lugar, una manera nada poética de crear desiertos.

En cuanto a las semillas, los efectos han sido dramáticos. Las semillas normales no gustan ni aprovechan de los agroquímicos, por lo que se crearon nuevas variedades de alta respuesta a estos insumos. Este puñado de variedades modernas, muy uniformes, llevan el confuso nombre de “mejoradas” o “de alto rendimiento”, pero son incapaces de producir sin el paquete químico asociado. Por presión del mercado, han reemplazado a la gran diversidad agrícola que heredamos de nuestros ancestros. En estos mismos cincuenta años hemos perdido el 70% de las variedades de semillas en todo el mundo. Las semillas que desaparecen son importantes porque están adaptadas a las condiciones locales de cultivo sin necesidad de insumos externos; además, tienen importancia nutricional y relevancia cultural para los pueblos que las crearon.

¡Y qué decir del agua! La agricultura industrial es la mayor usuaria de agua dulce en el mundo, y la mayor fuente de contaminación hídrica. A ello se suma la sustitución de bosques naturales y sistemas mixtos agroforestales por el monocultivo, cortando los ciclos del agua. Ríos que se secan, temporadas de lluvia pobres y acuíferos agotados son comunes en zonas dedicadas a la producción de tipo industrial.

Además, cada año se echan a los campos venenos más poderosos y en mayor cantidad. No obstante, las plagas y enfermedades destruyen un porcentaje cada vez mayor de la cosecha mundial, como sugieren los trabajos del investigador agroecológico Miguel Altieri,de la universidad de Berkeley, en Estados Unidos. La capacidad evolutiva de parásitos, virus o bacterias supera nuestra capacidad de sintetizar químicos nuevos, generando un círculo vicioso de toxicidad-enfermedad que cada vez nos hace más daño. A más de ser destructivo, si analizamos, como al inicio, la relación entre energía invertida y producida, este modelo agrícola es costoso e ineficiente. En los Estados Unidos, modelo de este modelo, se invierten hasta cinco unidades de energía en forma de combustibles no renovables para producir una unidad de energía en forma de alimento, que luego requerirá aún más combustible para transportarse a los lejanos lugares de consumo. Es posible mantener este sistema mientras exista un abastecimiento continuo y barato de combustibles fósiles. En más de un sentido, hoy día, comemos petróleo, un recurso que según los expertos está empezando a escasear.


Opciones desde la “mitad del mundo”

La agroecología hoy intenta ir más allá del discurso y demostrar hasta dónde es posible implementar un modelo agrícola más sostenible. Los logros técnicos en Ecuador, aunque dispersos, son asombrosos. Se instaló, por ejemplo, la primera camaronera orgánica del mundo, así como una exitosa empresa florícola orgánica que además produce hortalizas para la venta. En una escala familiar campesina, se ha logrado demostrar que la productividad y rentabilidad de las unidades agroecológicas superan a las de cultivo convencional, según datos recopilados por la Red de Guardianes de Semillas del Ecuador. En Loja hay experimentos con abejas nativas sin aguijón, con cría de chivos que regeneran el bosque seco, y recuperación de sistemas precolombinos de infiltración de agua. En el valle de Tumbaco hay huertas donde desde hace años no se fumiga contra las plagas porque se ha establecido un equilibrio ecológico que las mantiene a raya; sistemas donde los chanchos y las gallinas realizan la preparación del terreno y lo abonan; y experimentos para crear bosques interandinos comestibles. En Manabí hay modelos de bananeras integrales donde entran más plantas por hectárea que en las convencionales y además se producen otros alimentos. En Esmeraldas y Pichincha se están implementando bosques diversificados de cacao fino de aroma mezclado con frutales. En el noroccidente una pequeña finca posee una de las mayores colecciones de frutas tropicales del mundo, y varias fincas vecinas están usando sus semillas para producir frutas conocidas y exóticas, todo con calidad ecológica (ver ETI 74). Y estos son apenas unos pocos ejemplos.


Debido al interés que hay entre campesinos, investigadores independientes y organizaciones de la sociedad civil, el Ecuador es uno de los países líderes en la experimentación de sistemas sostenibles de producción y de vida. Pero poca gente lo sabe. Estas geniales innovaciones se encuentran desconectadas y no reciben apoyo. En muchos casos las lideran ecologistas prácticos que no hacen buenas migas con la actual corriente tecnocrática que le apuesta al extractivismo y a la biotecnología corporativa.

Para quienes llegan a conocerlas, estas experiencias son fuente de entusiasmo y esperanza sobre la transición hacia una era pospetrolera. Un ejemplo interesante es el cultivo asociado de arroz con pato y peces, realizado en Calceta por la asociación San Francisco de Sarampión y la Red de Guardianes de Semillas. En 2012, en pleno ataque del caracol africano que destruyó el 30% de cultivos en la costa ecuatoriana, este pequeño grupo de productores adaptó con éxito las variedades locales a un sistema ancestral asiático.

Se usó una variedad de arroz criollo, un pato nativo y el chame, nativo también. Además, se plantó cerca una parcela con arroz convencional con todo el paquete químico, para ir comparando el desarrollo de ambas. La parcela del arroz con patos y chames tuvo una mayor productividad, a pesar de que no se le aplicaron fertilizantes de ningún tipo (¡ni siquiera orgánicos!) y no se hizo ningún control de plagas. Los patos, felices, pasaban el día cazando caracoles. Los chames, en cambio, brindaban abono al arroz con sus heces fecales. Si bien la inversión inicial fue mayor, a partir del segundo ciclo se redujo a la tercera parte de lo que siempre cuesta sembrar una parcela convencional. Se estimó la productividad en ochenta quintales de arroz, doscientos patos y quinientos chames por hectárea, lo que triplicó la rentabilidad. ¡Verdadera agro-ecología!

Hacia la raíz del problema

Queda en duda hasta aquí aquel predicamento de que el modelo agroindustrial es necesario para alimentar a la creciente población mundial. La revolución verde no solo ha fracasado en su promesa de eliminar el hambre para 1980; al parecer, lo que ha hecho es contribuir a que haya el escalofriante número de hambrientos citado al inicio del artículo, un triste récord en la historia humana. Hoy hay en el mundo muchos más hambrientos de los que había en 1960; ¡un 80% de ellos son campesinos y trabajadores agrícolas! ¿Cómo puede ser esto posible? Quizá porque han dejado de producir la diversidad de alimentos que constituían su dieta para producir unas pocas cosas que intercambian por dinero, en transacciones que les resultan cada vez más desfavorables. Se estima que en el mundo existe suficiente comida para alimentar al doble de las personas vivas; lo que ocurre es que se desperdicia en demasía, y esta no llega a las bocas de quienes la necesitan.



Los informes presentados por el relator especial de las Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, entre los años 2008 y 2014, demuestran que en todo el mundo los sistemas campesinos de policultivo agroecológico son más productivos que los sistemas de la revolución verde. No es difícil entender por qué. Para empezar, los sistemas de policultivo producen varios tipos de alimento en una misma superficie de tierra; el monocultivo, solo uno. En una hectárea donde se siembra el sistema ancestral de maíz (setenta quintales) con fréjol (veinte quintales) y zapallo o sambo (doscientas unidades), se produce más alimento que en una hectárea donde solo se cultiva maíz (aunque se logre producir cien quintales). Además, fréjol + zapallo + maíz = una dieta completa con proteína, vitaminas y carbohidratos.

Segundo, la producción ecológica, por ciclos, puede durar para siempre. Con técnicas destructivas se puede cultivar por un tiempo, hasta que se agoten los recursos. En una hectárea de maíz se alcanza a producir por unos cinco años, a tope, generando unos quinientos quintales de maíz en total. Con técnicas agroecológicas la producción puede ser indefinida, y eso es mucha comida.

El tema no es, por tanto, de productividad, sino de rentabilidad. La agricultura tradicional y la agroecología siembran comida en función de las necesidades de la población, mientras que la agroindustria siembra mercancías, productos que existen solo en función del mercado. Si lo más rentable en un momento dado es producir comida para la población local, pues feliz coincidencia; en la práctica, esto nunca sucede. El negocio está en encarecer lo más posible la comida, y pagar el mínimo posible al productor. El sistema está diseñado para que el dinero que pagan los consumidores llegue magramente a los productores. En los países que han implementado a fondo este modelo, apenas del 1 al 10% de cada dólar que se gasta en comida llega a manos de quien la produce; todo el resto se queda en los negocios de la transformación industrial, el transporte y la comercialización del alimento. Las reglas de juego del mercado, creadas con la complicidad de los gobiernos del mundo, hacen que sea imposible para el pequeño o mediano productor competir con las megaempresas.

Entonces, cuando surge la pregunta de si la agroecología es realmente una opción para el Ecuador, la respuesta es dual. Sí: desde el punto de vista técnico y productivo estamos en inmejorable posición para la transición hacia un modelo que regenere la naturaleza y nos brinde productos sanos. Y no: desde el punto de vista económico la transición no será posible mientras el mercado sea dominado por unos pocos, con el beneplácito, la indiferencia, o incluso el apoyo estatal.



Aquí está la raíz del problema. La revolución verde no se impuso por su productividad alimenticia, sino económica: un puñado de empresas estaban dispuestas a dominar el mercado alimentario a través de la venta de insumos agrícolas y maquinaria, la destrucción de la economía local y el monopolio en la transformación y comercialización de los alimentos. Hoy estas empresas son corporaciones transnacionales –con sus representantes nacionales– que concentran en sus manos un poder y una riqueza sin comparación en la historia humana, capaces de dominar gobiernos, modificar la economía global y decidir lo que comemos cada uno de nosotros día a día. La misma naturaleza de estas corporaciones, orientadas exclusivamente hacia el lucro, no les permite reaccionar a la destrucción global que están causando. Corresponde a los gobiernos crear los mecanismos que regulen su labor. Dicho esto, ¿debemos nosotros despreocuparnos, dejándo el tema en manos ajenas?

Lo cierto es que hoy necesitamos un cambio urgente de paradigma para dejar de depender de fuentes de energía no renovables y contaminantes. Necesitamos alejarnos de los métodos de producción que destruyen los recursos naturales, necesitamos dejar de envenenarnos y de poner en riesgo la vida del planeta. La agroecología, aún en su etapa inicial, nos ofrece un camino que lleva hacia la supervivencia y el bienestar en armonía con el resto de la biosfera.

Pero la técnica por sí sola no puede salvarnos: necesitamos provocar y sostener los cambios políticos necesarios para que pueda implementarse. Esa labor nos corresponde a los ciudadanos y ciudadanas. Es nuestra comida, es nuestro planeta, es el futuro de nuestros hijos. Y el dinero que duramente ganamos es nuestra mayor herramienta de voto. Cada vez que elegimos entre la manzana Ana, de Ambato, y la manzana importada de Chile, entre una gaseosa y un vaso de jugo o de morocho, entre comida chatarra y un seco de chivo, entre una lechuga orgánica cultivada por manos campesinas y una producida por la gran agroindustria, estamos ejerciendo un voto político a favor de un sistema alimentario o del otro. Me atrevo a preguntarte: ¿qué comerás mañana?

Luego de unas horas, yo estaba de regreso en Guaranda disfrutando de una tortilla con queso desparramándose por los costados. Mi bus salía a la mañana siguiente. Mientras seguímos la ventosa vía a Ambato, el Chimborazo divisaba a los mortales desde las alturas. Al devolver la mirada a la bestia divina, atónito, le agradecí por mostrar su faz durante el tiempo que permanecí en sus valles

* Javier Carrera es permacultor y estudioso del alimento desde su origen hasta su digestión. Fundó, con otros, la Red de Guardianes de Semillas, donde trabaja como coordinador de gestión social, educación y difusión. rumiruna@yahoo.com; Misha Vallejo es fotoperiodista ecuatoriano graduado en la Politécnica de Petersburgo, Rusia. Ha publicado y exhibido sus fotos en Ecuadro, Rusia, Argentina, Lituania, Alemania y Colombia. Forma parte del colectivo de fotografía Runa. mishaka.com / photo@mishaka.com





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