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“¡Que
vamos al páramo!” “Estás
loco, yo no voy a morirme de frío en
esas tierras...” ¿Quién
de nosotros no ha pensado esto en algún
momento? Yo mismo hace algunos años consideraba
como un verdadero martirio viajar y, peor aún,
disfrutar de una estadía en aquellos
helados e inhóspitos parajes. Pero si
dejamos de lado las condiciones climáticas,
los páramos son una verdadera “máquina”
para producir, luego de millones de años,
formas de vida únicas en el planeta.
Alguna vez nos hemos preguntado ¿por
qué el Ecuador es el país más
rico en diversidad biológica por unidad
de superficie en el mundo? Pues bien, una de
las tres razones fundamentales, y quizá
la más importante, es la presencia de
la cordillera de los Andes. Si ésta no
existiese, tendríamos menos de la mitad
de especies de fauna y flora de que disponemos.
Por una parte, las altas montañas y,
más aún, las cordilleras, son
importantes barreras para el flujo de especies
de un lugar a otro. Si prestamos atención,
en los trópicos de Ecuador vamos a encontrar
animales muy similares a oriente y a occidente
de la cordillera, pero debido al aislamiento
que han tenido durante varios millones de años,
en la actualidad son especies diferentes, aunque
cercanamente empare 11 das. Entre los muchos
ejemplos destacan los primates (por si no me
creen, que levanten la mano los monos aulladores
de occidente, de color negro, y de oriente,
de color rojo).
Dejando de lado el importante efecto “barrera’,
vamos a concentrarnos en la diversidad de animales
que habitan en los fríos e “inhóspitos”
páramos ecuatorianos, que lejos de estar
deshabitados son, sin duda alguna, la zona que
mayor número de especies endémicas
registra en el país, mucho más
que las mismas islas Galápagos.
A pesar de que la cordillera de los Andes es
un largo cordón de varios miles de kilómetros,
cada páramo y, más aún,
cada montaña, es una verdadera isla.
Y es justamente este efecto “isla”
el que ha hecho de esta zona una importante
área para el desarrollo de nuevas y singulares
formas de vida. Así, por ejemplo, para
muchas especies que se han desarrollado en los
páramos del Chimborazo, en especial para
las más pequeñas, les será
difícil, a pesar de la cercanía,
llegar hasta los páramos del Tungurahua.
Pues las hoyas o valles interandinos son una
barrera infranqueable para aquellas especies,
las que tendrían que atravesar áreas
con condiciones climáticas diferentes
para las cuales están adaptadas. En este
efecto “isla”, la barrera no es
el mar, como ocurre en las Galápagos,
sino el clima, la temperatura, la altitud y
la humedad.
Justamente
estas particulares condiciones de vida han hecho
que los animales que habitan en los páramos
tengan adaptaciones asombrosas que, por una
parte, les permiten resistir a las difíciles
condiciones climáticas y, por otra, evitar
destruir el ambiente en el que viven. Pero,
¿qué notables y singulares formas
de vida habitan en nuestros páramos?
Seguramente lo primero que se nos viene a la
mente son los clásicos lobos, conejos
o venados, o nuestro omnipresente cóndor
andino, pero no porque lo encontremos en la
naturaleza por todas partes, sino porque está
en nuestro escudo de armas y en nuestras monedas;
al igual que ellas, se están extinguiendo
lentamente. ¿Cuántos de nosotros
sabemos que en nuestros Andes habita una especie
de oso, el oso de anteojos, el único
del mundo que habita en Sudamérica, en
el hemisferio sur y, por lo tanto, al sur de
la línea equinoccial? Este mamífero,
a pesar de su gran tamaño, el más
grande entre los animales andinos, es uno de
los osos más pequeños del mundo
y el más vegetariano y “goloso”
de todos.
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