|
“Solo
cuando hayas talado el último árbol,
capturado el último pez y contaminado
el último río, solo ahí
sabrás que el dinero no sirve para nada”.
Así reza un recuadro del folleto que
el ex INEFAN, hoy Ministerio del Ambiente, distribuye
para promocionar la existencia de la Reserva;
en lo particular, espero que el siguiente relato
sobre esta área contribuya a negar la
posibilidad de un futuro tan pesimista.
La primera vez que escuché el nombre
de la Reserva Los Ilinizas, pensé que
solo servía para albergar los páramos
que circundan a estos dos cerros; sin embargo,
fue una sorpresa cuando en El Chaupi, César
Iza, asistente de la Dra. Betty Leyton, Directora
de la Reserva, nos confirmó que la superficie
total del área es de 149.900 has, un
territorio que, sin duda, abarca muchísimo
más que solo dos picos.
La Reserva, declarada como tal en 1996, contiene
30.800 has de páramo y 119.100 de Bosque
montano y subtropical. Se extiende entre las
provincias de Pichincha y Cotopaxi, y se divide
en tres sectores: el primero, con una extensión
de 125.000 has, comprende, de manera sobresaliente,
la cordillera de Zarapullo y de Tenefuerte,
los cerros Ilinizas y Corazón y el río
Toachi; el segundo sector corresponde a un área
de 23.600 has que se encuentran al sur, separadas
del resto por la carretera que va de Latacunga,
por La Maná, a Quevedo; el tercer sector
es una pequeña área aislada de
las demás, que cubre una extensión
de apenas 800 has y corresponde al Quilotoa,
donde la Reserva abarca tan solo los alrededores
de la laguna en un radio de 500 m.
La Reserva es nueva aún para los guías
quienes visitan las montañas a menudo
y existen zonas que son poco conocidas aún
para quienes trabajan por su conservación.
Los Ilinizas
Aunque la temporada de agosto a diciembre es
la mejor para visitar nuestras montañas,
ese día en especial anhelaba que el temperamental
clima del páramo dejase al paisaje argumentar
por sí solo por qué este país
es tan maravilloso. Además necesitábamos
un buen día para alcanzar la cumbre del
Iliniza Norte.
Poco antes del amanecer habíamos dejado
atrás Machachi y cerca del puente de
Jambelí tomamos el camino que nos llevaría
primero a El Chaupi, un caserío andino
constituido en parroquia desde 1949. Luego,
continuamos a través de un estrecho camino
que se vuelve arenoso, empinado, y que en ciertos
tramos exige mantenimiento de todo tipo, hasta
los pies de los Ilinizas, a unos 4.000 msnm.
El auto llega hasta un bosque de Polylepis
o árboles de papel, pajonales, chuquiraguas,
chochos de monte, puyas y pequeñas flores
amarillas y violetas. Aquí el viento
y el frío, aun con el sol llegándonos
de lleno, parecían tener la instrucción
de mostrarnos por qué todo en estos parajes
tiende a ser pequeño, tenaz y cubierto
por algo que siempre asume la función
de un poncho.
El primer obstáculo en la base de los
cerros, por causa de la erosión de la
nieve y el viento, es un gran arenal en el que
se dificulta caminar con firmeza. Luego se encuentra
el refugio, una pequeña construcción
que pertenece a la agrupación de andinistas
Nuevos Horizontes. Para entonces, lo ostentoso
de ambos picos había sobrepasado cualquier
expectativa. El Iliniza Norte, que hasta ahora
era roca y arena, desde aquí mostraba
un enorme glaciar que cubría su pared
opuesta; y el Sur evidenciaba que solo estaba
abierto para personas con más experiencia
y definitivamente mejor equipadas.
|