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A
nuestras montañas no podemos subir lluchos:
para el frío, el viento y el sol usamos
chompas, gafas, gorras, protector solar... Las
plantas hacen lo mismo, lo que ha generado en
el páramo una diversidad vegetal sorprendente;
es como si cada planta tuviera su propio equipo
de montaña.
Los Andes son relativamente jóvenes.
Hace 10 millones de años los Andes ecuatorianos
no existían, mientras que los Alpes y
los Himalayas ya eran macizos nevados. Cuando
empezaron a levantarse los volcanes se formó
la cordillera andina en un tiempo comparativamente
corto. Entonces la vegetación que cubría
el Ecuador era propia de tierras bajas. Sus
plantas no podían soportar el clima que
se estaba generando en las alturas; así
empezó un proceso de adaptación:
adquirieron un equipo de andinismo. Aparte de
la evolución vegetal propia del lugar
también entraron especies del norte (Norteamérica)
y del sur (Chile y Argentina), que ya conocían
este clima y sabían sobrevivir en las
alturas. Antes de que se formaran los Andes
no podían llegar a nuestra región
porque todo era bajo y caliente. Hoy en día,
de todas las especies de plantas en el páramo,
la mitad evolucionó aquí mismo
(el origen es tropical) y la otra mitad se originó
en zonas templadas.
¿Cómo es el equipo de montaña
de las plantas en el páramo? Si las observamos
notaremos un sinnúmero de adaptaciones
para proteger sus órganos vitales. El
mejor equipado es, sin duda, el frailejón.
Cuando este símbolo del páramo
empezó a evolucionar con el levantamiento
de los Andes, era como un muchachito ansioso
en el almacén de andinismo: compró
todo. Primero, el frailejón tiene su
punto de crecimiento (el meristemo, la parte
más vulnerable de una planta) elevada
un par de metros sobre el suelo para evitar
en las noches la congelación, que es
más fuerte abajo. El meristemo está
empacado y protegido contra frío, rayos
solares y viento dentro de las hojas maduras
que están en el centro de la roseta.
Estas hojas tienen muchos pelitos blancos, color
que refleja al máximo los rayos solares
y protege las partes vitales de quemaduras fisiológicas.
Además, dentro de este vello hay una
capita delgada de aire, para que al nivel de
la hoja no haya viento sino un buen ambiente
de manera constante. Finalmente, las células
de las hojas de los frailejones tienen un componente
químico que evita el congelamiento del
líquido dentro de la planta (como el
anticongelante de un radiador).
Hasta las partes muertas del frailejón
le ayudan en el ambiente hostil del páramo.
El tronco está cobijado por hojas muertas
que aíslan del frío a los canales
de transporte. Dentro de esta capa de hojas
muertas crecen raicillas para aprovechar la
descomposición de las hojas. Así
la planta recibe un poco de nutrición
extra, sabiendo que del suelo es muy difícil
conseguir suficiente.
Por todo esto,
el frailejón es fascinante, pero otras
plantas menos famosas también tienen
adaptaciones interesantes. La achupalla, que
crece en todos los páramos, también
protege su meristemo dentro de una roseta de
hojas maduras. No tiene vello sobre las hojas
pero sí una lámina grasosa con
el mismo propósito. No forma un tronco
pero tiene una estaca larga para levantar sus
flores y semillas. Aparte de estas rosetas gigantes,
hay un gran número de rosetas pequeñas
(achicoria, valeriana, diente de león,
etc.) que de algún modo emulan algunas
características del frailejón
y la achupalla.
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