Es la mayor de las dos especies de delfines de río en la Amazonía ecuatoriana. De hecho, es el más grande delfín fluvial del mundo; el macho alcanza los 2,5 metros. Nace gris, pero el rozamiento de la piel la torna rosada en el adulto. Sus grandes aletas pectorales son remos con los que maniobra entre troncos y ramas. En su cabeza sobresale el “melón”, órgano de ecolocalización para ubicarse y localizar sus presas: pescados, moluscos y tortugas. El macho exhibe un comportamiento curioso: echa una pileta de orina al aire que otro macho recibe en el rostro, una forma de comunicación química que complementa los silbidos. La hembra tiene una cría después de once meses de gestación, que permanecerá con ella durante dos años. Aunque hay tabús que lo han protegido de la cacería, está en peligro por la degradación, contaminación y represamiento de los ríos.