A través de sus dieciséis capítulos y veinte fotografías en blanco y negro, Albergue nos provee una ventana a una ciudad en la que vivimos, con la que convivimos, de la que somos vecinos y, sin embargo, pasamos por alto. Alrededor del albergue San Juan de Dios, manejado por la Orden Hospitalaria en el barrio quiteño de San Diego, surgen una serie de personajes marginales que comparten con nosotros, a través de la pluma de María Fenanda Mejía y la lente de Carlos Noriega, pedacitos de sus vidas.
El punto focal de la crónica es un hombre —el doctor Arce— que utiliza unas gafas negras que le permiten ver el mundo en tres dimensiones, y que espera, enternado y con maletín de cuero, todos los días desde hace dieciséis años en la puerta del Congreso Nacional. Nadie, incluido él, sabe qué es lo que con tanto ahínco espera. Los cronistas lo siguen hasta su casa, al pie del Panecillo y bajo el aliento del dragón que la virgen de Quito pisotea. Es el albergue, donde otras 250 personas duermen y comen por un dólar al día. María Fernanda Mejía conversará con algunos de ellos durante alrededor de dos años para poder contarnos sus historias, y los seguirá en sus recorridos cotidianos; por ejemplo, el periplo por los puntos del centro histórico donde las organizaciones —la iglesia, fundaciones, buenos samaritanos particulares, los Hare Krishnas— reparten vituallas y alimentos los fines de semana.
Conoceremos a Joel, mago, pintor y escritor, que peregrina desde su natal Peñaherrera para gestionar la publicación de su libro en el ministerio de Cultura. Cuando está en Quito, vive de los espectáculos de magia que presenta en los buses en los que se desplaza con sus manuscritos a cuestas. O a Isabel, trabajadora de la calle o, con más precisión, de la plaza del Teatro, especializada por conveniencia y costumbre en policías y militares. Isabel fue madre cuando todavía estaba en el colegio y lo volvió a ser ahora que pasa la cuarentena. Quizá por su erudición en instituciones jerárquicas, cree en el padre, pero no en el hijo. “Para qué voy a alabar al hijo [...], mejor me quedo con el duro, con el papá”, nos cuenta. O a un fugitivo de las narcoguerras de Colombia y México, con un pasado misterioso y presagios temibles, que sin embargo cumple a rajatabla las reglas del albergue, por lo que los curitas no encuentran motivo para excluirlo.
Sin embargo, quien atraviesa todo el relato es el doctor Arce, que es también el Rey del Universo y de la Paz Mundial. Nacido, según su propia versión, en la maternidad de Ambato durante un episodio en que mataron a todos los recién nacidos, matanza de la que lo salvó una señora que no era su mamá y que después lo crió. Ahora predica la llegada del fin del mundo “con su voz ronca y aguda al mismo tiempo”. Complementan este entrañable retrato las competentes fotografías que Carlos Noriega hace de diferentes facetas de la vida del doctor.
El albergue San Juan de Dios funge, entonces, de una suerte de portal que nos abre a realidades alucinadas y demasiado reales. Albergue tiene la marca fundamental del buen periodismo: un interés real de la periodista por sus sujetos, y una disposición asentada en la empatía y el respeto. Esas son las gafas que María Fernanda Mejía nos presta en este libro para ver dimensiones de la realidad que permanecen veladas por la indiferencia y el hábito. (AV)