Enero 1999
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Por Paúl Tufiño
Ilustración F.G.Wetisch

Alexander von Humboldt
continuación (3/4)

Humboldt con el fondo de los Illinizas.

Al día siguiente volvió al volcán, esta vez con todo su equipo geofísico. Durante su tercer ascenso al Pichincha fue capaz de registrar quince temblores en un tiempo de 36 minutos, una observación que fascinó a Humboldt pero que mortificó a la población de la ciudad. Se empezó a regar el rumor de que el alemán hereje, deliberadamente causó los temblores, arrojando pólvora dentro de las profundidades del volcán.

Dos semanas más tarde, el 9 de junio, Humboldt, Bonpland y su joven amigo Carlos Montúfar dejaron Quito y se dirigieron hacia el Chimborazo, iniciando su histórico ascenso el 23 de junio de 1802.

Con gran esfuerzo y considerable paciencia alcanzamos más altura de la que habíamos esperado, a pesar de que estábamos constantemente ascendiendo a través de las nubes. En muchos lugares el camino no era más amplio que 20 a 25 centímetros. Hacia nuestra izquierda estaba un precipicio de nieve cuya superficie brillaba como un vidrio. Hacia nuestra derecha se extendía un terrible abismo, de aproximadamente 250 a 300 metros de profundidad.(…). Uno tras otro empezamos a sentirnos enfermos con náusea y vértigo, lo que se hacía más penoso por nuestras dificultades para respirar. La sangre exudaba de labios y encías, y los ojos se volvieron sanguinolentos. Estos síntomas no eran particularmente alarmantes, nosotros estábamos familiarizados con ellos por nuestras anteriores ascensiones.(...). Era la una de la tarde. La temperatura era de solo 3 ºC bajo cero. Nuestras botas estaban empapadas del agua de la nieve. De acuerdo a la fórmula barométrica dada por Laplace habíamos alcanzado una altitud de 5.878 metros”.

El hecho de que esta altitud era la mayor que hombre alguno había alcanzado (y lo fue durante los siguientes treinta años) acrecentó aún más la reputación de Humboldt en Europa.

Luego de dejar Quito, siempre con Bonpland y Montúfar, se dirigió hacia el sur. En Riobamba, donde se quedaron en casa del hermano de Montúfar, Humboldt tuvo la oportunidad de estudiar invaluables manuscritos del siglo XVI, dote de un descendiente de los reyes Incas, escritos en un dialecto extinto y traducidos al español. En ellos se relataban eventos acaecidos antes de la conquista de los Incas, como la gran erupción del volcán Altar, que arrojó parte de la cumbre y una lluvia de ceniza volcánica que cayó en las ciudades y pueblos cercanos durante un lapso de siete años.

En el viaje de Riobamba a Cuenca, que cruza el elevado páramo del Azuay, Humboldt examinó los restos del gran camino Inca que conducía al Cuzco, construido de piedras de porfirita especialmente talladas; le pareció tan perfecto como el mejor de los caminos romanos.

Después de cruzar Azuay y pasar a través de Cuenca, donde ofrecieron en su honor peleas de toros, los viajeros tomaron el camino a Loja para completar su investigación sobre el árbol de cinchona, de cuya corteza se obtiene la quinina con la que se curaba la malaria.

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