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Al
día siguiente volvió al volcán,
esta vez con todo su equipo geofísico.
Durante su tercer ascenso al Pichincha fue capaz
de registrar quince temblores en un tiempo de
36 minutos, una observación que fascinó
a Humboldt pero que mortificó a la población
de la ciudad. Se empezó a regar el rumor
de que el alemán hereje, deliberadamente
causó los temblores, arrojando pólvora
dentro de las profundidades del volcán.
Dos semanas más tarde, el 9 de junio,
Humboldt, Bonpland y su joven amigo Carlos Montúfar
dejaron Quito y se dirigieron hacia el Chimborazo,
iniciando su histórico ascenso el 23
de junio de 1802.
“Con gran esfuerzo y considerable
paciencia alcanzamos más altura de la
que habíamos esperado, a pesar de que
estábamos constantemente ascendiendo
a través de las nubes. En muchos lugares
el camino no era más amplio que 20 a
25 centímetros. Hacia nuestra izquierda
estaba un precipicio de nieve cuya superficie
brillaba como un vidrio. Hacia nuestra derecha
se extendía un terrible abismo, de aproximadamente
250 a 300 metros de profundidad.(…). Uno
tras otro empezamos a sentirnos enfermos con
náusea y vértigo, lo que se hacía
más penoso por nuestras dificultades
para respirar. La sangre exudaba de labios y
encías, y los ojos se volvieron sanguinolentos.
Estos síntomas no eran particularmente
alarmantes, nosotros estábamos familiarizados
con ellos por nuestras anteriores ascensiones.(...).
Era la una de la tarde. La temperatura era de
solo 3 ºC bajo cero. Nuestras botas estaban
empapadas del agua de la nieve. De acuerdo a
la fórmula barométrica dada por
Laplace habíamos alcanzado una altitud
de 5.878 metros”.
El hecho de que esta altitud era la mayor
que hombre alguno había alcanzado (y
lo fue durante los siguientes treinta años)
acrecentó aún más la reputación
de Humboldt en Europa.
Luego de dejar Quito, siempre con Bonpland y
Montúfar, se dirigió hacia el
sur. En Riobamba, donde se quedaron en casa
del hermano de Montúfar, Humboldt tuvo
la oportunidad de estudiar invaluables manuscritos
del siglo XVI, dote de un descendiente de los
reyes Incas, escritos en un dialecto extinto
y traducidos al español. En ellos se
relataban eventos acaecidos antes de la conquista
de los Incas, como la gran erupción del
volcán Altar, que arrojó parte
de la cumbre y una lluvia de ceniza volcánica
que cayó en las ciudades y pueblos cercanos
durante un lapso de siete años.
En el viaje de Riobamba a Cuenca, que cruza
el elevado páramo del Azuay, Humboldt
examinó los restos del gran camino Inca
que conducía al Cuzco, construido de
piedras de porfirita especialmente talladas;
le pareció tan perfecto como el mejor
de los caminos romanos.
Después
de cruzar Azuay y pasar a través de Cuenca,
donde ofrecieron en su honor peleas de toros,
los viajeros tomaron el camino a Loja para completar
su investigación sobre el árbol
de cinchona, de cuya corteza se obtiene la quinina
con la que se curaba la malaria.
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